lunes, 17 de enero de 2011

Mi cabeza en quietud

 Y pasó que un día mi cabeza, de improviso, y sin respeto aparente a mi persona, comenzó a moverse a su voluntad, a veces con movimientos inesperados y fugaces, a veces con parsimonia tendenciosa y cansina...Una vuelta, y otra vez al sitio... Tranquilidad por unas horas, y movimiento fugaz a la derecha... Un par de horas y... otra vuelta, lenta...
La inquietud indómita del primer momento degeneró luego sumisa ante la nueva situación. Siempre inconclusos, los giros formaban ya en lo cotidiano.
Es cierto que la precipitación de la vida supone para las cabezas una asimilación de contenidos casi siempre inesperados. Hoy la crisis económica y la demagogia de congreso, la ausencia de humos, los planteamientos culturales absurdos, la doctrina y la jurisprudencia, las liturgias diarias y los proyectos olvidados que reclaman la atención de los futuros, las ganas de no faltar y las faltas con ganas. Más y más...
Mi cabeza ahora está apática porque aprendí a no saturarla, a tomarme las cosas sin emoción y ella lo agradece... ¡Incluso pesa menos!. Y aunque a veces quiera algún quebradero, al menos ya no da vueltas.  

lunes, 10 de enero de 2011

Nos curamos en salud!

No empaqueto mi vicio porque no lo tengo, -el que refiero digo-. No lo tengo por cuestiones ajenas a mi voluntad -supongo- porque nunca me vi en la disyuntiva de tener que resistir a la tentación. Nunca la tuve. Es virtud -nuevamente supongo-, a pesar de que todo vicio alcanza satisfacción por definición, y esa tampoco la alcancé... evidentemente. Es virtud porque no me juego la salud, en todo caso.


Con la Ley de medidas frente al tabaquismo -antitabaco, ¡bien alto!- los bares ya no apestan a humo -quizás ahora apesten con olores antes camuflados tras la cortina- y los no fumadores, por fin dejamos de molestar a los fumadores... y digo bien.


La perversión del status pre-ley así distribuía los papeles.


El fumador educado, si acaso y el mejor de ellos, sacaba el pitillo mechero en ristre y preguntaba por sistema y consciente de la mala educación de una respuesta negativa si molestaba el fumar. Claro, disyuntiva que era perversión, porque el no humeante compañero advertía, por no romper el filo de bienestar conversacional, que ni por asomo, aunque callara por el pulmón... A los no fumetas, nos quedaban dos formas de estar en conversación: Petardo que no, o buen rollo que sí...


Bien por la Ley entonces. Ahora ya no hay razón para incordiar una buena fumata. Menos es más. Ahora es la oportunidad de cultivar el buenrollismo.


-Que pena, amigo, que tengas que salir...


Y nos curamos en salud!