Y pasó que un día mi cabeza, de improviso, y sin respeto aparente a mi persona, comenzó a moverse a su voluntad, a veces con movimientos inesperados y fugaces, a veces con parsimonia tendenciosa y cansina...Una vuelta, y otra vez al sitio... Tranquilidad por unas horas, y movimiento fugaz a la derecha... Un par de horas y... otra vuelta, lenta...
La inquietud indómita del primer momento degeneró luego sumisa ante la nueva situación. Siempre inconclusos, los giros formaban ya en lo cotidiano.
Es cierto que la precipitación de la vida supone para las cabezas una asimilación de contenidos casi siempre inesperados. Hoy la crisis económica y la demagogia de congreso, la ausencia de humos, los planteamientos culturales absurdos, la doctrina y la jurisprudencia, las liturgias diarias y los proyectos olvidados que reclaman la atención de los futuros, las ganas de no faltar y las faltas con ganas. Más y más...
Mi cabeza ahora está apática porque aprendí a no saturarla, a tomarme las cosas sin emoción y ella lo agradece... ¡Incluso pesa menos!. Y aunque a veces quiera algún quebradero, al menos ya no da vueltas.

Y...¿no estaría tu cabeza simplemente buscando un asiento momentáneo, para luego seguir tirando del resto del cuerpo?
ResponderEliminarConsideremos que cuantas más vueltas dé más y mejor oxigenada se encontrará, como el vino, y esa saturación, probablemente debida a la mala ordenación de los datos en su base neuronal, sería más llevadera, aún siendo pesada.
Puede ser!. En todo caso, relativizar los discursos ayuda a ser más feliz!.
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