Infravaloradas por el racionalismo, las sensaciones vienen y van, flotando en el nítido aire de la percepción, irreflexivas y sin método, casi despreocupadas. ¡Con razón no son razón!. Y sin embargo, aún cuando también las desprecio si se ciernen en un análisis, pueden llegar a ser tan falsamente verdaderas, que a pesar de su evidente falta de cordura, concedo que también suelen reflejar la realidad de un tiempo.
Sin aviso metódico, las sensaciones
advienen por si mismas.
Normalmente combatida por el uso
ponderado del conocimiento aplicado, es común que la sensación
rehuya, como el aceite del agua, de la concreción a la que se
refiere, aún cuando es su conclusión última y tiende, por
naturaleza, a particularizar desde de un universal abstracto... disperso en la realidad que, sin estar relacionado, se
relaciona sensacionalmente.
Últimamente, las sensaciones que
desenmascaran los embelecos racionales, enraízan más en la común
idea, general visión, o sensación soberana del pueblo.
Desde este punto de vista, es sensación
política que Garzón sea perseguido, que Camps sea protegido, que el
PSOE sea una reliquia incapaz de adaptarse a unos
tiempos en donde el empresario común, es trabajador en precario, o
que la reciente reforma laboral del gobierno de España se ampara en
la crisis como quien trata de arañas pintas, y asienta una
legislación que toca rugosa por el lado del asalariado. Son
sensaciones que “per se” advienen, como la sensación de que
Arantxa Sánchez Vicario sea un juguete roto, que El Real Madrid de
fútbol vislumbra un lustro de éxitos, o que desde Francia hay alguna envidia por el presente del deporte español. Vastas sensaciones que
juzgan casi con verdad absoluta.
En todo caso, es notoria la sensación
de que el intramundo que habitamos se deja llevar por las
sensaciones. La sensación de las sensaciones. Será que de este modo
pasamos más cerca de la verdad. O será, más bien, que este en el que estamos
hoy, es un sensorial mundo irracional.

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