Desde un tiempo hacia este, se adhiere a mi entendemiento un cosquilleo -dicen que mental- que me aproxima al horizonte -entonces, todavía imaginado-, de un lugar vacío y estéril. Un lugar de abandono virtual, ahora que se rompe la pleura paralela de la realidad. La carente aristrocacia -entendida en el sentido que le daba Ortega- y la campante -a-, casi hasta el astío, masa, aproximan una nueva realización de la mediocridad, el atrevimiento y la desmesura imponderada, que invita a la desesperanza.
Falta la aristocracia intelectual en sí misma, enjundiosa en lo que piensa, metódica en lo que hace, ponderada en lo que ejecuta, objetiva en la comparación, analítica en los problemas, acertada en la gestión... y sabia en su fin... ¡falta!.
La falta del bien escaso, en este caso la virtud, la corrige el sistema con la vertebración de masa en donde debería haber aristocracia, y de ahí que se amalgama la mediocridad hasta la cúspide del sistema. Con otro nombre, pero sin eminencia.
España hoy es masa, no pueblo, acercándose a el peligroso umbral del desmoronamiento.
Porque vi a un partido político (PP), con disposición de gobierno, cuestionar a la más alta instancia judicial del Estado que es el Tribunal Constitucional (TC), lo que es cuestión no ya del Estado de Derecho mismo, pilar intocable -¡pilar!, cimiento, sostén o base- de todo país, estado o nación estable, sino que es cuestión del Estado en sí mismo considerado, por ser la Constitución (TC)- la fuente de su organización, su sangre.
Toda fase posterior, requiere de una anterior. No respetar ahora las decisiones de los jueces, es el comienzo para no cumplirlas luego.
Porque vi a una masa encendida que no respeta ya a la clase política (otro pilar, otra base, otro cimiento) y que además desafía al orden público con manierismo pacifista embaucador y peligroso. Porque el desencanto, que comparto, debe ser -y así va la proclama-, sobre el modo de ejecutar un algo (democracia), y no contra ese algo, como sucede cuando ante las tomas de posesión de los cargos políticos elegidos por el pueblo y respetando las normas, esto es, bajo el amplio paraguas de la legalidad, se suceden los insultos, la agitación, los abucheos e incluso el lanzamiento de objetos sobre los que, con más o menos moralidad, pero respetando la ley, van a ser los representantes del pueblo.
Veo a una masa amante de un amor, desencantada por el trato recibido a ese amor... pero matándolo ella misma -Amorcidio-. Sólo así se entiende la imposición por la violencia (La violencia de iure, no se reduce a la mera acción, y también un determinado comportamiento, incluso pasivo puede -y debe- considerarse violencia), de obligar a que el Estado soporte y consienta bajo la coacción pervertida de la tacha antidemocrática, la realización efectiva de la ilegalidad.
Porque vi el inicio de la agitación más peligrosa de todas y que sólo se da en los Estados fallidos. Desmarcarse de forma continuada contra la labor policial, también en los medios (sobre todo en los medios), enfrentarse sistemáticamente a ella, desafiarla, envilecerla, etc... es debilitar hasta el peligro la única institución -Que la fortuna nos protega de la militar- que garantiza el orden efectivo en un sitio tal en el que el hombre devora a el hombre.
La fragilidad de nuestro Estado decadente, es la debilidad de nuestra estirpe. Falta excelencia. Lo frágil se cuida y se repara, no se agita. La sociedad está enferma y ninguna palabra sana. Ojalá no se precise de aquella nefasta cura que decía Ortega: “... será preciso que sufra en su propia carne las consecuencias de su desviación moral.” y sin embargo, por desgracia, “Así ha acontecido siempre.”

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