En las artes escénicas el títere es
el espectador, del mismo modo que en política lo son los ciudadanos.
Teatro de tres al cuatro, con
maquillaje de bazar, es la historia patética y triste del déficit
español. Combate a herida abierta de wrestling mediático -el
que, por cierto y para el que no lo sepa, es de mentira- y de
paupérrima gracia, que han escenificado los euroagrupados y los podercedentes de Europa y España, respectivamente.
Y fue que el Mr. Registrador rompió la
baraja y sostuvo un golpe en la mesa que ni en los nudillos dolió a
pura. El tramposo adversario, cómplice de todo, hizo de duro al
estilo Lee Van Cleef, y arrojó la mesa al carajo abriéndose al
duelo. El resto de jugadores, acostumbrados, se apartan sin
discrección y, conociendo el final, se toman la última en la
barra, en donde ríen y enseñan las Gracielas del turno de oficio.
El resto es un combate a defunción sin
muerte, a risa y placer estructurado con poses de dolor. Como Lee Marvin y John Wayne en La
Taberna del Irlandés.






